martes, 31 de diciembre de 2019

Crítica telesérica: “Fuera de Control”, 12 años después… todo siempre ha sido igual

Gentileza Canal 13.
A lo largo de la historia de las teleseries chilenas, resultan escasas aquellas que gozan transversalmente de la calificación de producciones de culto. Los años pasan, pero la potencia de esa carta de presentación parece no perder su vigencia. Es el caso indudable de “Fuera de Control”, producción de Canal 13 emitida en 1999, cuya retransmisión, a veinte años de su estreno, fue anunciada por REC TV, convocando a sus fanáticos de siempre, pero también a quienes la apreciaríamos por primera vez. ¿Merece continuar siendo catalogada como teleserie de culto? Y quizás algo que se había aceptado como verdad incontestable: ¿es realmente una historia de venganza?.

Por Rosario Quinteros.

Parafraseando a su autor, Pablo Illanes, es probable que tenga razón al afirmar que toda teleserie está destinada a envejecer mal. En ese sentido, no puede perderse de vista que “Fuera de Control” merece ser apreciada con los ojos de hace veinte años: una apuesta absoluta, con un cóctel de oscuridad y violencia inusitadas para el horario vespertino, a modo de homenaje, pero también de carpetazo histórico a “Los Títeres”, frente a la cual se asoma como reformada heredera. La nostalgia del revival ochentero, las sensaciones únicas de un grupo de amigos inseparables al salir del colegio, y ese paseo al camping de Aurora que prometía ser inolvidable, serán solo elementos que preparan el camino para lo que verdaderamente define a la teleserie: una historia acerca de sentirse solos, del rechazo, de amistades que se vuelven malditas. O quizás siempre lo estuvieron.

Como algo casi imposible de evitar cuando se trata de teleseries del recuerdo, evocar lo que en su momento provocaron en sus seguidores, acaba siempre por distorsionarlas. En el caso de “Fuera de Control”, se ha reforzado durante años su esencia de trama de venganza. Y no habría ningún motivo para creer lo contrario. Qué otra cosa podría significarnos “12 años después… nada es igual”. Sin embargo, ocurrida la transición de una época a otra, con el retorno de Silvana (Úrsula Achterberg) a Chile, entendemos que, por definición, ésta no podrá ser una venganza digna de manual telenovelesco. ¿El motivo? Silvana está condenada a no poder esconderse. A reaparecer con su nombre y cara, irrumpiendo en las vidas de quienes le arruinaron la suya en el pasado. Y ellos solo pueden pensar una cosa al volver a verla: que está llena de odio y que hará todo lo posible por hacerlos pagar.

Han pasado doce años y, aparentemente, nadie ha sido capaz de cortar el cordón umbilical con los lazos del colegio. Sarita (Paulina Urrutia), Axel (Luciano Cruz-Coke), Valentina (Javiera Contador) y Lobo (Francisco López) son adultos en el presente de la historia. Tienen sus propias vidas ya encaminadas, sin la amenaza de un mal recuerdo. Sin embargo, basta la sola certeza del retorno de Silvana para que, especialmente en Sarita, vuelvan a aflorar el miedo y la desesperación. Por lo desconocido, porque puede que ella quiera hacerles lo mismo que antes le hicieron ellos. O algo mucho peor.

Pero la realidad es otra: un torpe intento de Silvana por reunirlos a todos en Aurora, sus nombres en una lista, viejas fotografías y una mala alianza con Helia (Francisca Márquez), cuya psicosis también es una bomba de tiempo. Y Rodrigo Duarte (Romeo Singer): el roto, el que nunca podrá pertenecer. El que Valentina nunca defenderá. Pero, por sobre todo, el que tras años en la cárcel por un crimen que no cometió, sale en libertad con una pureza irrisoria. No parece haber en él ni una pizca de sed de justicia por mano propia, lo cual claramente es inconsistente, pero útil si lo que se quiere es subrayar la soledad de la protagonista: Rodrigo no siente un odio patológico por el grupo del colegio, ni le corresponde a Silvana en su amor. Ambas cosas, muchas veces confundidas, poco a poco la irán desquiciando.

Y es que Silvana nunca llega a estar emocionalmente preparada para vengarse de quienes la dañaron. En la mente del telespectador puede estar instalada la idea de una mujer que, con frialdad y un plan minuciosamente premeditado, hará grandes maldades con tal de destruir a los que odia. Con Silvana es muy distinto, pues está acorralada por un grupo de personas que no dudan en culparla de todas y cada una de las desgracias que les ocurren, las que en ocasiones, rozando lo tragicómico, ni siquiera median por su voluntad.

Así, lejos de ser una justiciera efectiva, Silvana se va metiendo en las vidas del resto, pero no hace falta que actúe para podrir lo que por años ha estado podrido: Axel siempre ha sido autodestructivo, Sarita condenó al Lobo al fracaso de ambos desde que lo eligió como “tonto útil”, a pesar de su amor por Axel. Valentina siempre se sentirá lejana a esa esencia cruel de sus amigos, pero jamás dejará de ser su cómplice pasiva. A Silvana le basta con ser un detonante, que siempre los hará dudar de si todo habría pasado exactamente igual si ella no hubiese regresado. Porque sus planes casi nunca conducen a algo concreto, y a ratos la historia cae en el cliché del personaje despechado que maquina la separación de la pareja de enamorados, representada por Rodrigo y Valentina. Es una venganza que no se ejecuta, que deja un sabor a falsa promesa, restándole méritos a la teleserie.

Por supuesto, “Fuera de Control” adolece de varios defectos típicos de su tiempo: sobreabundancia de personajes, lo que lleva a que varios de ellos se diluyan, ciertas tramas forzadas en clave de comedia, como la proto-caribeña encabezada por Ted Castro (José Secall) y las hermanas Domínguez (Rebeca Ghigliotto y Cecilia Cucurella). El haber dejado derechamente de lado el enigma del lago, reconduciéndolo a un inverosímil problema de contaminación. O la debilidad del guion por el hueco universo de grabación de Carrie (Claudia Conserva) en “Corazón Feroz”, que no tenía nada que ver con el tono de la historia.

Finalmente, destacan el núcleo de las mujeres Villalobos Oyarzún, con su yugo de represiones generacionales, en el que no podían sino lucirse Marés González y Gloria Munchmeyer. También la trama de corrupción y asesinato en el marco del diario “El Águila”, con la remisión política de la dictadura en Palomino Díaz (Aldo Bernales), y probablemente el mejor rol de Claudia Celedón en su breve incursión en el género. El ambiente artístico del galpón, sin estar íntimamente relacionado con el tronco central de la historia, le dio un toque especial, también con la sorpresa de la luminosidad de Anahí (Chamila Rodríguez), contribuyendo a dar forma a ese carácter emergente, a pulso, de cuando no existen los contactos y solo se quieren cumplir los sueños, aunque parezca tarde, como Rodrigo con sus películas.

Pero volviendo a la idea de falsa promesa, y concentrándonos exclusivamente en la historia central, esa suerte de decepción frente a una venganza que nunca se concreta, quizás solo puede ser revertida si se piensa en “Fuera de Control” como una teleserie profundamente realista. Y un gran ejemplo puede ser Sarita Mellafe, la que, a mi juicio, es sin duda el mejor personaje de la teleserie. Hoy convertida en ícono, y que encarna lo peor de la idiosincrasia chilena: el arribismo, la crueldad, la falsa superioridad moral. La Mellafe, como le decía Valentina, es tristemente nuestra, y si bien nunca mató a nadie y podía camuflarse como un ser humano normal, de vida decente, ante la menor provocación no perdía oportunidad en demostrar por qué siempre será la más descarnada de todos.

Su lucha con Silvana, esa media hermana huacha, con la que desde antes tenía una relación de aborrecimiento, profundizada por la desgracia de enterarse de la verdad, no es otra cosa que ver enfrentadas dos formas de vida que no se pueden mezclar: la del grupo de compañeros de colegio de clase alta, que se juraron amistad eterna, pero que al final de la historia parecen secuestrados por un vínculo inútil y ridículo. Probablemente, cada uno seguirá con su vida y les dará pudor recordar en lo que terminaron juntos. Y la de Silvana con Rodrigo, que nunca serán como ellos, pero no en la contraposición caricaturesca de las clases sociales en las teleseries vespertinas, sino que en la clave más esencial de “Fuera de Control”: desde el rechazo más chileno, soterrado, pero ineludible.

Revisitándola a dos décadas de su estreno, dejando de lado la exigencia compulsiva de una venganza de aquellas, “Fuera de Control” debe ser de las teleseries que mejor retrataron las miserias de nuestra idiosincrasia. El coming-of-age como pérdida de la inocencia y de ese sentir que se tiene toda la vida por delante, al salir de cuarto medio, con personajes que en su adultez van a ser derrotados y mostrarán la hilacha, no por culpa de Silvana, sino por la bofetada de soledad, fracaso y mediocridad. Y eso que, en apariencia, Sarita y Axel terminan sin castigo alguno. Así que de culto o no, intencionalmente o no, “Fuera de Control” resultó ser una teleserie tremendamente chilena, en el mejor logrado sentido de la palabra.

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